Shirley Caballero Sahonero

EL HILO DE ARIADNE, O LA PIEDRA EN EL ZAPATO

En su casa de la calle Las Reinas, la vendedora de flores exóticas recientemente malcasada con el joven más vicioso del barrio,  le grita:

¡Eres un vago malnacido!

En cuanto pronuncia la sílaba “do”, sus ojos se concentran en la búsqueda de algo sustancioso que lanzarle a la cabeza, y se decide inmediatamente por la piedra que tranca la puerta del cuarto. La recogió en un bloqueo de la carretera principal hace pocos días, notando que era muy lisa y con cierta forma que sugiere un bebé. Olvidando esa especie de nostalgia que le produce la visión de la piedra, se abalanza sobre ella  para cogerla, y en una muestra de buena forma física hace un medio giro con la espalda aun encorvada y desde ese ángulo despide la piedra en dirección de la dura cabeza de su marido. No hay mucha fortuna  porque el tiro sale por la ventana y va a dar más bien al patio, cerca de la puerta de calle.

El hijo del inquilino, que es medio sordo y también cínico, y que en ese momento se entretenía estudiando los movimientos de las moscas alrededor de las orejas del perro, se interesa

inmediatamente  en ese objeto que acaba de salir volando por la ventana de los dueños de casa. Se levanta parsimoniosamente a  cogerlo, ignorando por completo las amenazas de castración que la esposa dedica a su joven marido. El niño revisa el objeto y halla que tiene una sugerida forma de mosca, de modo que lo lanza al aire con el deseo de que vuele, y lo ve pasar sobre la pared en dirección de la calle.   

Su caída en plena calle llama la atención del zapatero que justo venía necesitando un objeto pesado que sujetara el periódico que el viento amenaza llevarse. Se levanta y recoge el objeto, viendo que se trata de una piedra con sugerente forma de zapato. Es muy efectiva para mantener el diario en su lugar, tanto que el zapatero se olvida de recogerlo, y se va tranquilo y silbando al atardecer.

Por la noche, un  flaco estudiante trasnochado que va camino a su cuartito de alquiler se detiene vacilante al escuchar lejanos ladridos, y busca en los alrededores algo que le quite los miedos. Divisa la piedra, y al cogerla le nota un parecido a cabeza de perro. La sopesa y concluye satisfecho que servirá bien para romper al primer hocico que se lance al ataque. Así confiado sigue su largo camino, con todos los sentidos muy alertas. El hocico afortunado es el del mañazo de la carnicera, su vecina,  que seguramente lo ha dejado afuera cuando salía a compartir con sus comadres en la cercana cantina. El perro gruñe y tiembla  por el miedo que le producen los desconocidos,  quienes tienen la fea costumbre de lanzar piedras. Un aullido quejumbroso se integra al sonido  aguardentoso que producen los grillos, mientras el estudiante se apresura en cerrar una puerta tras de sí.

Un automóvil blanco sin placas se acerca lentamente, sacudiéndose cuando una rueda patina sobre la piedra y la hace volar en dirección del tugurio rebosante de borrachos en el que se desarrolla una interesante riña a causa de una mujer de grandes senos y voz aflautada, de quien nadie sospecha que es un travesti. El travesti no cabe en sí de alegría pero quiere ir al baño, y como está ocupado decide salir a la zona oscura en las afueras del boliche. Cerca de la puerta tropieza con la piedra y maldice impulsivamente con una ronca voz, terminando de rodillas en el suelo. Para peor, con la sacudida un seno se le baja hasta el ombligo. Un atento y ebrio parroquiano quiere, a como dé lugar, ayudarle a ponerse de pie, sobándole todo lo que puede. El travesti,  para disimular la teta, se aferra a la  piedra como si se tratase de su más preciada propiedad mentando entre dientes  al hijo de puta que la dejó allí. Percibe por su forma que se asemeja de alguna manera a un enorme falo, y así consigue perdonarla un poco. Abrazando el bulto, se zafa del ebrio escabulléndose por detrás de un auto blanco recién estacionado,  y llega al fin al lugar en tinieblas donde acostumbra mear. Se arregla con prontitud el corpiño, y despidiéndose de la piedra la arroja sin fijarse dónde


Ilustración: "Nada es tan evidente como lo aparente" KARMO

ultura Virtual


La piedra pega en la humanidad de un individuo que se encuentra muy nervioso porque en ese momento empezaba a entrelazarse apasionadamente en el cuerpo de la novia de su amigo, la cual está muy inquieta ante el riesgo de ser descubierta por el novio y también por la reciente esposa de su eventual pareja. Con el golpe, todos los temores de posibles ataques se hacen realidad, y apenas se dan unos segundos para arreglarse las ropas. El hombre toma la precaución de recoger velozmente la piedra que les pegó, por si necesita devolverla,  y  desaparecen como un

suspiro  entre las sombras. Después de una larga carrera, llegan a una elevación sobre la avenida principal del pueblo, y asegurándose que nadie les sigue, deciden separarse y continuar otro día el asunto pendiente. Él se fija en la piedra que ha cargado y descubre alguna semejanza con los enormes senos de la mujer de voz aflautada, con quien tiene esta noche un encuentro. De pronto, recuerda los de su esposa, y se deshace de la piedra mandándola a rodar hacia la avenida.

Abajo, la florista recientemente casada espera el transporte que la lleva a su hogar. El ruido de una piedra rodante le hace voltear instintivamente la vista  hacia la parte alta que existe sobre la avenida, cerca al mercado de flores. Efectivamente, una piedra llega a unos metros  de sus pies, y a la luz de los faroles le parece que tiene la dulce forma de un bebé. Se acerca a recogerla, la guarda en su bolsa y piensa que le hace falta algo para trancar la puerta de su habitación, ya que su marido no la repara. El inútil se pasa los días en el tugurio del barrio embriagándose, y  su amigo más cercano le ha comentado que  una mujer de enormes senos y voz aflautada  le coquetea descaradamente.  Su novia lo ha visto.

FIN